Comunidad Bahá'í de Colombia

La naturaleza del ser humano

Los pensamientos y acciones del ser humano están moldeados por dos naturalezas siempre presentes: la espiritual y la material. La naturaleza material del hombre es fruto de su evolución física y, aunque es indispensable para la existencia en este mundo, si se le permite que rija la consciencia, el resultado serán la injusticia, la crueldad y el egoísmo. De otra parte, la naturaleza espiritual del hombre se caracteriza por cualidades como el amor, la bondad, la amabilidad, la generosidad y la justicia. Los individuos logran realizarse como seres humanos cuando fortalecen su naturaleza espiritual, al grado en que esta sea la que domine su existencia.

Bahá’u’lláh afirma que cada persona tiene el potencial de reflejar los atributos divinos, pues sobre la realidad del ser humano, Dios “…ha concentrado el esplendor de todos Sus nombres y atributos y ha hecho de ésta un espejo de Su propio Ser. De todas las cosas creadas sólo el hombre ha sido distinguido con tan grande favor y tan perdurable generosidad.” 1

Así como la llama está oculta dentro de la vela y los rayos de luz están potencialmente presentes en la lámpara, los atributos divinos se encuentran latentes en el ser humano. Si la realidad de nuestro ser se asemejara a un espejo, todas sus potencialidades se revelarían solamente cuando el espejo se encontrara libre de mancha y orientado hacia la Fuente de Luz. El espejo de nuestro ser se pule por medio de la oración, el estudio y la aplicación de las sagradas escrituras, la adquisición de conocimiento, los esfuerzos por mejorar nuestra conducta y el servicio a la humanidad.

Entre las fuerzas que ayudan a cultivar las cualidades espirituales latentes en el ser humano – tales como la bondad, la justicia, la veracidad y la confiabilidad – se encuentran el amor de Dios, la atracción hacia la belleza y la sed de conocimiento. La operación de estas y otras fuerzas edificantes contribuye a fortalecer nuestro sentido de propósito, impulsándonos a nuestra propia transformación y a la transformación de la sociedad.

Todos tenemos la capacidad de reconocer el amor de Dios y de reflejarlo hacia Su creación. “¡Qué poder es el amor!” dijo ‘Abdu’l-Bahá. “En el mundo de la existencia no existe un poder mayor que el poder del amor. Cuando el corazón de una persona se enciende con la llama del amor, está dispuesta a sacrificarlo todo, hasta su vida”. 2

Íntimamente relacionada con el amor está la atracción hacia la belleza. En un nivel, esta atracción se manifiesta en el amor por la majestuosidad y diversidad en la naturaleza, en el impulso a expresar lo bello a través de las artes y la música, y en el aprecio que se siente por la elegancia de una idea o una teoría científica. En otro nivel, la atracción por lo bello subyace en la búsqueda del orden, significado y trascendencia en el universo.

La sed de conocimiento nos impulsa a buscar una comprensión más profunda de los misterios del universo y de la infinita variedad de los fenómenos, en los planos tanto visibles como invisibles. Dirige también la mente a lograr una comprensión más completa de los misterios del propio ser. Orientado por una visión de belleza y perfección, el individuo que esté motivado por una sed de conocimiento se aproximará a la vida como un investigador de la realidad y un buscador de la verdad.

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