Comunidad Bahá'í de Colombia

La Paz, más allá de un acuerdo político

Declaración de la Comunidad Bahá'í de Colombia

En momentos en que nuestra nación se apresta a celebrar la firma del histórico Acuerdo de Paz, la Comunidad Bahá'í de Colombia se une a sus compatriotas en acción de gracias por esta feliz y prometedora ocasión en la cual la imaginación se despierta, la conciencia colectiva encuentra motivos de júbilo, y las nobles aspiraciones y esperanzas de nuestro país reciben un aliento nuevo. El significado de este momento nos inspira a expresar nuestros sentimientos en términos poéticos: pasar de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, de la quietud del invierno a la vitalidad de la primavera. Estamos en un instante de singular alegría, de sanación de las heridas y de optimismo, así como de reflexión profunda sobre las implicaciones y exigencias de la paz, sus principios y conceptos, y sobre sus oportunidades y riesgos. Pero mientras nuestra alegría se desborda, no debemos olvidar que este evento es en sí mismo un llamado a cada persona e institución en nuestro país a participar en un proceso que representa nada menos que un nuevo capítulo en la experiencia colectiva de Colombia.

Como le sucede a un ser recién nacido, los meses y años siguientes están colmados de grandes posibilidades pero también de peligros potenciales. Nuestra paz, en una palabra, es frágil; exige un nivel de integridad que le permita elevarse por encima del debate polarizado y retornar a los principios más sublimes a los que aspiran todas las sociedades, en ese terreno común que es la base del consenso. Es en este sentido que nos permitimos compartir los siguientes pensamientos.

Es tan significativo este momento que lo vemos como un punto de inflexión en la historia de la nación. El clamor por la paz no es un llamado a la restauración de las normas y relaciones pasadas. Más bien, señala la imperiosa necesidad de establecer pautas de pensamiento en evolución, e interacciones sociales que logren unir a nuestro pueblo y alcanzar así una sociedad armoniosa y próspera.

La visión de una sociedad donde no haya conflicto armado sino que esté en búsqueda de la reconciliación, invita a pensar en el verdadero significado de la paz en un país tan diverso como el nuestro. ¿De qué manera podrá la paz beneficiar a tantas personas como sea posible? "Cuando la bandera de la verdad es enarbolada, la paz se convierte en causa de bienestar y progreso del mundo humano", dicen los Escritos de la Fe bahá'í de principios del siglo XX, en momentos en que el mundo se encontraba al borde de la Primera Guerra Mundial. “En todos los ciclos y edades la guerra ha sido un factor de desorden y malestar, mientras que la paz y la hermandad han traído seguridad y una mayor atención a los intereses humanos.”1

El asunto de la verdad es un desafío grande, pero debe enfrentarse con valor y confianza en el resultado. Ha sido la base de los esfuerzos de reconciliación de sociedades en otras partes del mundo, y también debe estar en el corazón de la experiencia de Colombia. El situar a las víctimas en el centro de las conversaciones de paz, lo que ha permitido que el dolor del conflicto y sus causas hayan quedado grabadas en nuestra conciencia, es un paso prometedor en esta dirección. Sin embargo, la búsqueda de la verdad debe realizarse con el convencimiento de que necesita ir acompañada del perdón. Los llamados al perdón son legítimos y necesarios, pero se requiere honestidad acerca de lo que está siendo indultado. Los males que no se examinan bien, pueden corroer el proceso y subvertir las buenas intenciones de la mayoría. Debemos encontrar la fortaleza para reconocer las fallas y perdonar, y apostarle a la esperanza de que las futuras generaciones de colombianos no van a repetir la experiencia horrorosa del conflicto armado interno.

Sin embargo, la verdad no puede reducirse a una fórmula. La verdad está estrechamente ligada al conocimiento. Requiere de un proceso de ajuste de perspectivas y actitudes a medida que emerge el conocimiento de las realidades sociales desconocidas por muchos, a través de un intercambio mutuo de experiencias. Los hechos dolorosos deben ser confrontados ahora que los segmentos de la sociedad que nunca han compartido experiencias ni se han comunicado, se hallan comprometidos con el objetivo común de la paz. Nuevos niveles de unidad solo son posibles si las perspectivas se expanden y armonizan, y si la alteridad da paso a una conciencia colectiva de nuestra unidad. Al declarar que somos "los frutos de un solo árbol y las hojas de una sola rama", los Escritos bahá'ís asocian la "unidad" con "todo cuanto conduce a la disminución de la ignorancia y al aumento del conocimiento", y nos impulsan a caminar "a la sombra de la justicia y la veracidad".2 Un verdadero proceso de búsqueda de la verdad debe dar como resultado el surgimiento de nuevos tipos de relaciones dentro de la sociedad.

Por supuesto que esta discusión quedaría incompleta si no se abordara la cuestión de la justicia. Más allá de los debates filosóficos y técnicos sobre el tema, hay un principio al que todos aspiramos. En esencia, lejos de fomentar el espíritu punitivo que a menudo se disfraza bajo su nombre, la justicia es la expresión práctica de la consciencia de que, en el logro del progreso humano, los intereses del individuo y los de la sociedad están íntimamente ligados. En el proceso que estamos viviendo, el concepto de justicia implica que, por una parte, todos los colombianos nos beneficiemos de los frutos de esta sociedad próspera y, por otra, que podamos participar en la conformación de nuestro futuro.

Nadie pondría en duda la magnitud de los desafíos de la verdad y el perdón, de la unidad y la justicia. El pueblo de Colombia ha sufrido durante muchas décadas. Las injusticias son muchas y las cicatrices profundas. Sin embargo, los colombianos hemos mostrado ser notablemente resilientes, dueños de un optimismo profundo enraizado en una espiritualidad instintiva. La fe, el valor, la hospitalidad y la buena voluntad son parte del carácter nacional y han sostenido a la gente a través de muchos años de dificultad. Estas mismas cualidades espirituales son un recurso vital que se debe aprovechar en el actual proceso de paz.

En la experiencia de trabajo mancomunado con nuestros compatriotas con el propósito de contribuir al mejoramiento de la sociedad, los bahá’ís de Colombia hemos sido testigos de la expresión de tales atributos, y por ello nos acercamos al proceso de paz con toda la confianza en el potencial inherente de nuestra población para afrontar el reto que ahora encaramos. Colombia debe aprovechar estas y otras cualidades que están implícitas en su tradición común de valores y espiritualidad. Entre estos valores, la integridad debe caracterizar los esfuerzos en esta nueva fase de la historia. El cumplimiento de los múltiples compromisos del Acuerdo de paz demanda una elevada integridad. Las partes en conflicto deben cumplir con su palabra, tienen que demostrar que son dignas de la confianza del pueblo colombiano. Se requiere confiabilidad en todos los niveles de la implementación. La confianza se sitúa en el centro de las transiciones y relaciones exitosas, y garantiza la tranquilidad y la seguridad de las personas. Cuando los firmantes inmediatos del Acuerdo demuestren su integridad y confianza mutuas al cumplir este convenio, se habrán ganado el respeto y el apoyo de la gente y, entonces, se consolidará el consenso en torno a un plan para la paz. El entusiasmo del momento, impulsado por el optimismo y la esperanza, debe ser canalizado hacia acciones concretas. Nunca antes había sido más apropiada esta frase, que fue expresada para servirnos a todos de guía: "Que las acciones y no las palabras sean vuestro adorno".3 Un desafío particular será aprovechar tanta energía y proveer oportunidades para los millones de colombianos motivados y listos a ser parte de un proceso más amplio de paz.

Pocos cuestionarían los méritos de los principios antes señalados. Sin embargo, reconocemos que su aplicación no es sencilla, ni tampoco fácil. Para que esto pueda llevarse a cabo, es crucial que haya un amplio compromiso colectivo de nuestro pueblo. Todos tenemos el privilegio y la responsabilidad de preguntarnos qué podemos hacer para lograr que este proceso histórico avance, y cómo ayudarnos unos a otros para mantener el rumbo de la paz. Si algunos vacilan, otros pueden erguirse con amor y comprensión para animarlos y ayudarles a volver de nuevo su mirada hacia el brillante futuro que estamos construyendo. Este llamado a un compromiso colectivo no es una mera abstracción. Debe encontrar su expresión práctica en la participación de todos los colombianos en las innumerables conversaciones de nuestra sociedad en los próximos meses. Esto deposita en nuestros líderes la responsabilidad de proveer oportunidades para que toda la ciudadanía pueda contribuir a conformar el futuro de nuestro país. Igual de importante es la manera en que, como ciudadanos, reaccionemos frente a esta oportunidad histórica; es decisivo, entonces, generar conversaciones de distinto orden y participar en ellas, en el hogar y el lugar de trabajo, en nuestras escuelas y en nuestro Gobierno, en fin, en cada espacio social en el que nuestro futuro habrá de labrarse.

Pero más allá de las palabras, por significativas que estas sean, es posible que la participación encuentre su expresión más poderosa en los hechos, en el florecimiento de innumerables actos de servicio voluntario en todo el país, que impregnen nuestra sociedad de un nuevo espíritu de esperanza en el porvenir. Busquemos oportunidades para ayudar a nuestros semejantes, en maneras que, por humildes que sean, logren aliviar sus cargas, lleven alegría a sus corazones, y muestren la disposición de renunciar a la propia comodidad por el bien de los demás. Por encima de todo, veamos la educación moral de nuestros hijos como nuestro mayor compromiso, si hemos de sembrar y cultivar las semillas de la paz para el futuro.

En este momento de la historia de Colombia, escuchemos el llamado que se nos hace a todos los colombianos, hombres, mujeres y niños de todos los estratos sociales y grupos étnicos, para que, al celebrar la llegada de la paz a nuestro país en forma de un Acuerdo entre las partes de un conflicto armado de larga duración, nos comprometamos a asegurar que esta oportunidad histórica no se malogre; que los riesgos inherentes a la transición se disipen mediante la confianza mutua, y así nos encontremos frente a un renacimiento de la nación colombiana. La comunidad bahá’í ora para que, prestando las palabras de nuestro himno, "en surcos de dolores el bien germine ya"; ora para que las futuras generaciones de colombianos miren a esta generación con sentimientos de gratitud por haber aprovechado el momento, asegurando que ellas no sufran lo que hemos padecido nosotros y las generaciones anteriores a nosotros. Los ojos del mundo están fijos en Colombia. Quiera Dios que podamos levantarnos para proveer un modelo que inspire y edifique los corazones de los seres humanos del planeta entero.

COMUNIDAD BAHÁ'Í DE COLOMBIA
comunidadbahaicolombia@bahai.org.co



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